Hunzahúa se enamoró de su hermana Noncetá, hermosa doncella muy querida por su pueblo.  –“Eres mi hermana, pero yo te amo Noncetá” – le dijo a esa bella mujer,  haciendo caso omiso del incesto o amor entre hermanos, que era prohibido entre los aborígenes Chibchas.  Noncetá abrazó a Hunzahúa con la pasión de una india enamorada, y a su alrededor y hizo y grato y profundo silencio.

Buscaron algodón para las telas y arcilla para la cerámica, los hermanos viajaron a Chipatae, en donde en arrebato de inmenso amor se hicieron esposos.

La cacica Faravita, madre de los amantes incestuosos, al tener conocimiento del grave pecado de sus hijos, quiso castigar a Noncetá con la sana o palo para revolver la chicha, bebida acostumbrada por su pueblo.  – “Tu no puedes casarte con tu hermano Hunzahúa”-, le reclamó la madre iracunda a su hija incestuosa. 

En un arranque de ira, viendo que la india enamorada daba vueltas en torno a la vasija con gran facilidad, la cacica madre le lanzó la sana y rompió la olla llena de chicha, la cual se fue regando abundantemente hasta forman un gran pozo o lago el mismo que hoy se llama en Tunja “Pozo de Hunzahúa” o “Pozo de Donato”.

Cuando Hunzahúa bajo de los cojines del Zaque después de la ceremonia matinal que hacían los Hunzas en homenaje al sol,  con flautas, tambores y danzas ceremoniales, encontró en su gran bohío la triste realidad de su pecado, y en sus alrededores, una muchedumbre de indígenas que protestaban contra los incestuosos amantes.  Esto decidió la fuga de los hermanos enamorados, quienes tomaron el camino por la loma de los ahorcados, en donde se ajusticiaba a quienes cometían los delitos.  Desde allí, el Zaque Hunzahúa lanzó su terrible maldición a Tunja:

“¡Hunza! Serás estéril; nunca más flores, ni árboles verán tu suelo; tu tierra será desnuda y barrancosa y no tendrás más compañeros que el viento y el frío”.

Los hermanos incestuosos siguieron su viaje hasta Susa, en donde Noncetá dio a luz un niño que se convirtió en piedra; y por último, cuando pasaron por el salto del Tequendama, fueron convertidos en dos piedras al borde del abismo.  Así quedaron petrificados hasta la consumación de los siglos.

Texto de: Javier Ocampo López

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